
el valor de la creatividad
La imaginación es a la mente lo que el ejercicio es al cuerpo. Una analogía de carácter semántico para proponer, este año, una reflexión sobre el valor de la creatividad.
En nuestro almanaque, objetos cotidianos que, descontextualizados de su función natural, permiten evocar personajes o escenarios ajenos a su natural condición de utensilios. Una forma como cualquier otra de posicionar la creatividad como un valor agregado al trabajo y a la dedicación.
Para 2010, imaginación, esfuerzo, valor y sustento.
Somos lo que pensamos.

arbequinas
Escena de esgrima
Albert y el Barón llevaban horas atizándose. Por fin, después de años de entrenamiento, los dos hermanos habían decidido resolver cuál de ellos era el mejor; sin reloj, sin árbitro, sin público. Sólo una cosa en juego, el honor.
Con un grácil desplazamiento, el Barón abandona la línea de su enemigo e impulsando el brazo con toda la fuerza de su cuerpo, alcanza de lleno a su exhausto contrincante. Albert, herido en el costado y en su orgullo, se descubre la máscara de rejilla, mira de reojo el hilillo de sangre que empieza a manar de su estómago. Se atusa las puntas de su bigote y adopta el gesto solemne del que ya ha decidido cuál es su destino:
- Lo siento mucho, Barón. A donde tengo que ir ahora, no puedes acompañarme. ¡En guardia!

dédalo
Coser y plantar
Sin miedo a salir trasquilado, Dédalo había pegado la hebra, pero la madeja estaba tan enredada que al final había perdido el hilo. Sin embargo, atando cabos, pudo darse cuenta de que la trama estaba bien hilvanada.
- Para muestra, este botón -se dijo- ¡en esta historia hay mucha tela que cortar!
Alguien había hilado muy fino, sin dejar descosidos, pero la cosa andaba pendiente de un hilo, cogida con alfileres. Así que fue tirando y tirando hasta que, al final, sacó el ovillo, y como si hubiese encontrado una aguja en un pajar, concluyó: unos tienen la fama y otros cardan la lana.

homenajes
Campo de girasoles
En cuanto el sol se levanta, los girasoles ya no pueden dejar de mirarlo. Van a donde él va, volviendo la cabeza hacia donde él se mueve. Cuando, por la tarde, el sol se acuesta a lo lejos, a los girasoles se les dobla la cabeza de tan cansados como están de mirarle y acaban rendidos, fundiéndose como plomos.
Entonces sale la luna y con ella, la giraluna. Brillando en la noche resplandeciente, agita sus pétalos blancos y su esbelto tallo, bailando a contracorriente junto a los girasoles dormidos. Y cuando amanece, corre a esconderse. A salvo bajo tierra, deja pasar el día.
En un mar de girasoles, busca siempre la giraluna.

amarrados
El ángel sujeto
- ¿Qué haces aquí?
- Nada, sólo soy un ángel y…
- ¡Un ángel!
- Sí, un ángel. Estaba ahí arriba y…
- Eres… eres… ¡el ángel caído! ¡Un ser diabólico!
- Soy un ángel si, pero…
- ¡Eres discípulo de Lucifer!
- No, no, no, yo sólo…
- Yo sólo… ¿QUÉ?
- Yo sólo estaba sentado en mi nube y vino un viento y… ¡sí!, ¡me he caído!
- ¿No eres maligno?
- No soy maligno ¡sólo soy torpe!
- Bueno… ahora quizás puedas ser mi ángel de la guarda.
- ¡No creo!
- ¿Y por qué no?
- Porque, amigo, esto es el cielo y tú ya estás muerto.
- ¡Vaya por Dios!
- Eso mismo digo yo.

tequila
Recuerdo de México
El mejicano vivía en un pueblito costero. Cada mañana se levantaba tarde, salía de pesca, se echaba la siesta, jugaba una partida de naipes, se bebía su tequila y volvía a casa al anochecer. Uno de esos días, el americano le dijo:
- Deberías invertir, crear una empresa, comprar más barcas y contratar pescadores.
- Y, ¿para qué, señor?
- Para ganar dinero, ¡para ganar millones!
- Y, ¿qué haré con los millones, señor?
Y el americano le contestó:
- Ahorrarlos, mi amigo. Así un día podrás retirarte a un pueblito costero, a pescar cuando quieras, echarte la siesta y pasar todo el día jugando a los naipes…

las equinas
Caballismo ilustrado
Los estribos no podían llevar una existencia más ligera. Durante siglos, sostenidas en equilibrio en lo alto de la estantería. De fondo, como todas las mañanas, el relinchar juguetón de los caballos, su trote distante, las voces de los cuidadores y las risas ansiosas de los niños. Los dos estribos, siempre inmóviles como dos velazquianas meninas, olvidados a su suerte en la misma posición en la que una vez les abandonaron.
Una noche, una fuerte tormenta azotó el establo. Los caballos, inquietos y nerviosos, no paraban de cocear, agitando la débil estantería de madera. Los estribos comprobaron entonces que ya había llegado la hora en la que, gracias al vaivén, iban por fin a tocarse.
En ese momento, la tormenta bramó con mayor violencia, y el temblor de la estantería hizo finalmente colisionar a las equinas. Y el estruendoso cling que desprendió su encuentro resonó como resuenan, en las mañanas de domingo, las campanas de la iglesia llamando a misa.

la airosa
La rosa de los vientos
Doménico subió con paso decidido la gran escalinata de mármol. Giró con impaciencia el pomo y la puerta de la habitación crujió, dolorida. Al fondo, una gran cama de hierro forjado con relucientes sábanas de lino, cubrecama bordado con afanosas puntillas, almohadas como nubes blancas y un óleo de Tiziano presidiendo la estancia.
Tal como Doménico esperaba, sobre la cómoda de roble artesonado, al lado de un gastado ejemplar de las Vidas Paralelas de Plutarco, descansaba la Rosa de los Vientos.
Durante un instante eterno, Doménico permaneció inmóvil ante la última y más desconocida creación de Leonardo. Se acercó resuelto a la cómoda, apartó el libro y accionó el interruptor: el aire de la habitación se tiñó del inconfundible aroma de las rosas rojas. El perfume se escapó por la ventana, fue a posarse sobre la cubierta de la Fenice y de ahí, al cielo de Venecia.

el cangrifo
Retrato de animal mitologico
En lo más profundo de la biblioteca, allí donde es difícil adivinar qué es historia y qué es leyenda, habitan los hipogrifos: animales mitológicos como Pegaso, el caballo alado, o el Ligre, mezcla de león y tigre. Mucho más cerca, en el baño de la oficina, vive el Cangrifo, un simpático remedo de perro y grifo. Grifo de agua, se entiende.
Cuando el fotógrafo y su joven aprendiz se acercaron, el Cangrifo se revolvió inquieto, sacó sus garras y enseñó sus dientes, desconfiado de sus intenciones. Cuando lo tuvieron firmemente atado por su propia cadena, pudieron explicarle la naturaleza de sus intenciones: era por su propio bien. Iban a hacerle famoso, conocido en el mundo entero.
Fue entonces cuando se relajó y abrió sus fauces para dejar correr el agua, no sin antes, avisarles:
- Yo nunca he querido ser famoso. ¡Yo lo que siempre he querido es ser rico!

la coqueta
El tocador de señoras
Al caer la tarde, Mendoza dejaba sus enseres y salía a la acera a vocear sus ofertas:
- ¡El Tocador de Señoras! ¡Tintes, postizos, permanentes! ¡Vea nuestros precios!
Cuando sus gritos y vociferios atraían una clienta, ésta era acompañada hasta el sillón, donde le ponían la capa y le rociaban el pelo con aerosol, procurando no acertarle en los ojos.
- ¿Llegaré a mí cita? -preguntó impaciente la clienta mientras Mendoza buscaba su peine.
- Claro que llegará -contestó Mendoza
- Pero, ¿le dará tiempo a acabar?
- Ah señora, el trabajo de un peluquero no acaba nunca -dijo Mendoza- pero aquí en el “Tocador de Señoras”… ¡cerramos a las ocho!

el mago de Oz
Cine enlatado
En la oscuridad de la sala de cine, uno sólo puede escuchar el sonido de su respiración y el cansado traquetear del proyector. La escena es siempre la misma: Dorothy, el león y el hombre de hojalata caminan sonrientes hacia la cámara cantando a coro la dulce canción:
Yo era el hombre de hojalata,
buscando al mago de Oz,
porque no sentía nada,
y quería un corazón.
Era más inteligente,
que el espantapájaros,
era mucho más valiente,
que mi amigo el león.
Pero eso de nada me sirvió,
aquel día en que ella se marchó.
Y ahora soy un tonto,
el tonto más cobarde,
por no saber quererla
y no saber entregarme.
Hoy sólo soy
el hombre fuerte de hojalata.

